La palabra nace con la vida, muere con la vida y es lo último que nos queda.

¿Qué hemos hecho mal?


El plato de lentejas sonó en el suelo y retumbó en mi corazón como una bomba. Una bomba que llevaba tiempo a punto de estallar y que me quemaba hacía mucho tiempo.
No dije nada y seguí fregando los platos. No había comido siquiera pues el estómago lo tenía cerrado desde hacía días. Quizá semanas o quizá meses. Ya ni lo recordaba.
Al rato crucé por el comedor hacia las habitaciones y ni miré a la mesa, sin embargo, sentí la cólera acumulada que se dejaba escuchar por su respiración acelerada. Aligeré el paso, entré en mi habitación y eché la llave mientras añadía algunas cosas a un bolso de viaje que siempre tenía preparado por si tenía que salir corriendo.
            ─!Ponponpoooom!¡Abre la puerta, zorra!
            ─Me he echado un rato la siesta ─dije con voz temblorosa intentando fingir que estaba tranquila.
            ─!Te crees que soy gilipollas, abre la puerta de una puta vez, si no quieres que la eche abajo!
            ─Cariño, tranquilízate. Cuando descanse haré lo que tú quieras ─la voz apenas me salía y se me entrecortaban las palabras, pero quería intentar sosegarlo.
            ─Abre la puerta te digo, mira que va a ser peor.
            Al oír aquellas palabras recordé cuántas veces los padres solemos amenazar a los hijos con que si no hacen lo que queremos será peor y cuántas veces se lo escuché yo a los míos, pero nunca pensé que lo escucharía tantas otras de mi propio hijo.
            Sentía que el reloj andaba más deprisa. No podía verme el bolso, si lo veía estaba perdida. Cogí el móvil y escribí: «Llama al 112, urgente, venir a calle Dos de Mayo». Al darle enviar sentí un pequeño alivio en mi pecho, pero los golpes siguieron aún más fuertes. La puerta temblaba y sentí un golpe en ella de algo metálico. Me alejé de la puerta, pero al alejarme me di cuenta que era mejor colocarme al lado, ahí nunca podía alcanzarme con nada.
            ─¡No te lo digo más, dime dónde lo guardas!
            ─No me queda nada y lo sabes.
            ─¡Tú siempre tienes, pero no para mí! Te podías haber ahorrado las lentejas y haberme dado el dinero, zorra, más que zorra!
            ─¡Como no me lo des, te mato!
            Oír esas palabras siempre me hacían mucho daño, pero a todo se acostumbra una. Sin embargo, de nuevo me dio un vuelco el corazón.
            Él seguía dando golpes y un cuchillo atravesó la puerta una vez y otra y otra… Tantos y tan fuertes eran los porrazos con las cuchilladas y tanta la obsesión, que yo creo que los demás sentidos se le nublaban. Sin embargo, yo los tenía más despiertos que nunca y aunque fue casi imperceptible, escuché cómo se paraba un coche aún lejos.
      No pasaron cincuenta segundos cuando el último golpe en la puerta de la habitación tuvo lugar a la vez que se escuchó un estruendo en el pasillo de la entrada.
            ─¡Policía! ¡Abran la puerta!
            Yo creo que él ni siquiera oyó jaleo en la escalera. Su mundo se reducía tanto que nunca me creyó capaz de llamar a nadie.
            ─¿Qué es esto! ¿Has sido tú, zorra!
            ─Abre, Fede, no me has dejado otra salida.
            ─Si lo sé, te mato antes.
            ─Manos en alto.
            Me tumbé en la cama con una sensación de agonía y tranquilidad a la vez, que nunca podría explicar. Al momento un policía me dijo que podía abrir y al verlo rompí a llorar.
            ─Señora, ahora ya está a salvo. Esto es más frecuente de lo se imagina.



                                                                                   ©   Leonor Cuevas Martín

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