La palabra nace con la vida, muere con la vida y es lo último que nos queda.

El fanfarrón


Todos miraban la gran luna que resplandecía en el cielo de aquella noche estrellada. Habían pasado setenta años desde que un día de otoño se conocieran en la universidad y algunos nunca habían visitado un campamento. Sin embargo, hoy habían llegado con una mochila al hombro llena de recuerdos que compartir.

            Más de uno, a pesar de ser de ciencias, se consideraba poeta; otros, músicos; otros, pintores… Todos tenían otras aficiones que habían complementado sus vidas y después de tantos años querían compartirlas con los demás.


            Juan, el más longevo de todos, sacó su guitarra y empezó a entonar una canción que había compuesto para la ocasión. Una canción con un ritmo fácil de recordar, que todos acabaron tarareando sin darse cuenta. Al momento, muchos la sintieron propia.

            Marta recitó una poesía con alta carga sentimental que hizo llorar a más de uno y todos sintieron que aquella reunión iba a suponer el comienzo de una nueva etapa en sus avanzadas vidas.

            El menú, supuso, sin que setenta años atrás pudieran siquiera imaginarlo,  un foco de conversación y risas recordando el pasado y sus antiguas comidas y bebidas: nada de alcohol, de azúcar  y pocas grasas. Para algunos, casi inexistentes. Solo Federico se atrevió a romper la norma, una vez más, sin contar con su edad ni con su estado de salud. Él llevaba una botella de ginebra y con gran fanfarroneo invitaba a todos a tomar de ella, pero pocos aceptaron y menos siguieron su ritmo.

            Pasadas ocho horas entre comida, bebida, risas y charlas, con entusiasmadas conversaciones comenzó el baile con música para el recuerdo. Para ese recuerdo de aquellos años sesenta que habían llenado su juventud.

            Poco a poco, Federico iba cambiando su semblante por otro más apagado mientras los demás bailaban, sin cesar, los que más aguantaban; charlaban y reían los más chistosos y juerguistas; mientras que Federico ni una cosa ni la otra.

            Manuel se acercó, por cuarta vez, a su amigo e intentó sentarlo en un sofá mientras le acercaba una tónica pero Federico solo tenía gestos de rechazo y empinaba nuevamente su vaso de cubalibre.

            La fiesta continuaba pero cierta tristeza se palpaba en algunas personas que miraban continuamente a su compañero y amigo sin solución.

            Nuria y Mario llamaron a una ambulancia aun sabiendo el ridículo que suponía hacer algo que ni siquiera de joven habían hecho nunca. Ellos, tan comedidos y enemigos del alcohol,  siempre se llevaban la peor parte de las fiestas: aguantar a los que no tenían mesura mientras los demás ni siquiera echaban cuenta. Setenta años después nada parecía haber cambiado. Ignorados, casi, por los demás que seguían bailando y bebiendo, cada cual a lo suyo, recibieron al servicio médico con la sorpresa de todos: Federico con setenta y dos años, a punto de un coma etílico despidió la fiesta en una ambulancia y, nuevamente, rompió el encanto de una noche maravillosa.

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