La palabra nace con la vida, muere con la vida y es lo último que nos queda.

Amores ciegos

Dicen que los “no-vios” no ven. Además, justifican su ceguera y, por si fuera poco, muchos llegan a imaginar que vivirán una relación normal, cuando en algunos casos hasta un ciego de verdad puede augurar  el trascurso y final de esa relación.

Uno de los casos más cercanos que he conocido es el de mi vecina Alicia, una chica encantadora, que trabajaba para un despacho laboralista, con un gran corazón y un futuro prometedor, tanto en lo personal como en lo familiar.
Así era hasta que conoció a Joaquín. Un chico guapísimo, elegante, director de una sucursal bancaria y bastante extrovertido, al menos, eso parecía. Un tipo con muchas posibilidades para enamorar a cualquier chica.
Yo conocí a Alicia cuando cambié de piso, y me fui a vivir a la Gran Vía, en pleno centro de Madrid donde ella vivía en el piso contiguo al mío. Un día en el  que  me iba de vacaciones, antes de conocer a ninguno de los vecinos, con todo el equipaje preparado y puesto en el rellano, salió Alicia para ir a trabajar y, aunque llevaba prisa, me saludó, me ofreció su casa y me ayudó a entrar los paquetes en el ascensor y después a entrarlos en el coche. A partir de ahí nos hicimos muy amigas, salíamos juntas y hacíamos viajes…
Todo, hasta que Joaquín apareció en nuestras vidas, aunque realmente a quien se la cambió fue a ella. Nos podría haber camelado a cualquiera de las dos aquella noche de julio en una discoteca, porque, de hecho, nos hechizó a ambas. Sin embargo, él se había fijado en ella, por suerte para mí.
Desde el primer día que quedaron para salir, Joaquín la apartó de mí y de sus otras amigas. No volvimos a salir juntas, ni a tomar un café. Solo hablábamos alguna vez que ella se acercaba a mi casa, ya que a Joaquín tampoco le gustaba que yo la visitara y, a partir de ahí, lo que conozco es porque ella, en cualquier momento que me veía, me contaba con entusiasmo cómo iba su vida sentimental, sus avances, las maravillas que ella veía en Joaquín y sus problemas —pues no faltaban, aunque ella quisiera justificarlos—.
Yo la escuchaba, como siempre, con atención y a medida que avanzaba la relación, aunque nunca podía acompañarles y solo conocía la versión de ella, yo iba viendo detalles en él que desvirtuaban los valores que según ella tenía Joaquín, en contra de la fantasía de Alicia.
Cada vez que hablábamos y ella me pedía consejo, yo le daba alguno que otro, y muy sutilmente le dejaba caer los defectos o detalles que no me gustaban de él. Pero ella convertía todo lo que yo le decía en virtudes. Y, como para gusto los colores, me argumentaba que yo lo veía con malos ojos, ya que a las dos nos encandiló aquella noche en que lo conocimos. Así sucedió durante los primeros diez meses de su relación, porque para mayor ingenuidad de ella, un día se le ocurrió contarle a su queridísimo novio que venía a mi casa y charlábamos. No hubo peor noticia que darle a Joaquín e inmediatamente reaccionó como cabría de esperar, prohibiéndole que volviera a visitarme y a hablar conmigo. Ella, por supuesto, con una ceguera absolutamente incorregible a pesar de mis consejos accedió a la prohibición y a partir de ese día, no me decía ni siquiera «hola» en la escalera, dejó de venir a mi casa y no atendía a mis llamadas telefónicas.
Por coincidencias de la vida, en un teatro me hice amiga de Noelia, que era compañera de trabajo de Joaquín. Concretamente la cajera de la sucursal donde trabajaba él como director.
A través de Noelia, fui siguiendo la relación entre Alicia y Joaquín por cosas que ella me contaba, aunque no eran muchas. A veces, me los encontraba en el rellano, en la calle, en el parque… o en cualquier otro sitio, en los que ninguno de los dos me dirigía la palabra. No imaginaban que yo estuviera pendiente de sus vidas a través de lo que él le contaba a Noelia, en algún rato de descanso cuando tomaban algún café, ya que nunca salíamos juntas en el entorno de Alicia y Joaquín.
Un día, cuando iba yo de camino al mercado, me tropecé con Alicia al cruzar la esquina. Iba cabizbaja y con unas ojeras que parecía no haber dormido en varias noches.  Sus ojos rojos no pudieron evitar que me diera cuenta de que había llorado, por muy pronto que intentó esconderse de mí. No pude evitar dirigirle la palabra y preguntarle qué le ocurría. Ella quiso siguió sin responderme, pero yo le insistí. Sin abrir la boca, me tiró del brazo para continuar adelante y me dejó. Me entristecí y observé con pena cómo se alejaba con paso apresurado y entró con rapidez en la primera tienda que encontró, la cual tenía mucha gente en la puerta. Decidí seguir mi ruta y en el primer portal que encontré leí: «NOTARIO». Me pregunté si iría de hacer algún trámite legal y habría discutido con algún empleado, pero, de pronto, descarté esa posibilidad, porque de haber sido así, no tendría por qué haberme alejado con ese ímpetu y tan enfadada conmigo.
Al pasar por la sucursal donde trabajaba Joaquín y Noelia, miré por el cristal y no estaba Joaquín en su puesto. Como yo tenía cuenta en ese mismo banco, decidí hacerme pasar por cliente y preguntar a Noelia si sabía algo. Joaquín no podría sospechar nada, en caso de que estuviera dentro. Tras esperar que atendieran a otro cliente, me senté en el puesto que atendía Noelia. Ella, sin darme los buenos días, me miró fijamente. Al pronto, esa mirada extraña me conmovió, nos miramos fijamente sin decirnos nada y me indicó el despacho de Joaquín. Su gesto me lo dijo todo. ¿Qué podíamos hacer para sacar del problema a Alicia? ¿Quiénes éramos nosotras para inmiscuirnos en sus vidas? ¿Haríamos bien o mal si contactábamos con algún servicio social que pudiera ayudarla?  Al fin y al cabo, ella era mayor de edad, estaba en perfectas condiciones legales de decidir sobre qué quería hacer con su vida, si ignorábamos la ceguera que causa el enamoramiento, y nosotros no teníamos derecho a reprocharle nada. Además, hacía un momento que me había apartado de su camino.
Una incertidumbre insoportable recorrió mi interior y la impotencia que sentí al escuchar lo que me contó Noelia seguidamente, de forma rápida,  me impulsaba a hacer algo, pero no sabía el qué. Quería ayudar a mi amiga, pero no sabía cómo. Desconocía las leyes, pero sabía por la televisión que eran injustas con las mujeres maltratadas. Desconocía, de cerca, situaciones similares. Pero tenía que hacer algo.
Descolgué el teléfono y marqué el número de emergencias. «Ellos sabrían qué hacer», pensé. Noelia me miraba cómplice y atónita. Ambas esperábamos que nos respondieran con gran temor de que apareciera Joaquín y nos pillara.
La telefonista, inmediatamente nos indicó que llamáramos a un teléfono de ayuda y allí nos pidieron el teléfono de Alicia. Mientras llamábamos, yo no dejaba de pensar en qué sería lo que le estaba ocurriendo, pero intuía que nada bueno podía ser, porque Joaquín se había ido de la sucursal hacía más de dos horas a desayunar y todavía no había vuelto.     
Noelia miró el reloj y me quitó el teléfono:
«Por favor, una amiga necesita ayuda, con casi total seguridad: su teléfono es 699358223», dijo Noelia.
Ambas salimos corriendo hacia la dirección en la que yo había visto por última vez a Alicia, pero nos fuimos por calles paralelas.
Cuando llegué a la tienda, seguía habiendo gente en la calle, pero esta vez no tenían cara de ir de compras. Me hice un hueco entre la gente y vi el cuerpo de Alicia, sangrando, tirado en el suelo. Una ambulancia llegó detrás de mí.
Noelia y yo, asustadas, nos acercamos llorando hacia el lugar y el médico preguntó por alguien conocido.
Sus palabras se nos grabaron a fuego en nuestros oídos: «Ha muerto en el acto. Siento muchísimo no poder hacer nada».
—«Un chico, moreno, alto, vestido con chaqueta, que venía otras veces con ella, entró de repente en la tienda y la apuñaló. Después se fue corriendo como si nada hubiera pasado y se camufló entre la gente» —dijo la dueña de la tienda.
—Sabemos quién es y, lo que es peor, intuimos que algo estaba pasando y no hemos llegado a tiempo.
Desoladas acompañamos a Alicia en sus últimos momentos y días después comprobamos que aquel día cuando yo me la encontré venía de la notaría de hacer su testamento: su última voluntad, en la que no influyó Joaquín.

El notario había intentado ayudarla, pero ella se negó a pesar del calvario por el que estaba pasando. Sin embargo, tenía más miedo de dejarle por las posibles represalias que pudiera tomar contra ella. Ninguna represalia hubiera sido peor que esta, pero, al menos, con sus bienes no haría como había hecho con su vida.

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