jueves, 19 de mayo de 2016

La constancia

"Nada en el mundo sustituye a la constancia. El talento no la sustituye, pues nada es tan corriente como los inteligentes frustrados. El genio tampoco, ya que resulta ser tópico el caso de los genios ignorados. Ni siquiera la educación sustituye a la constancia, pues el mundo está lleno de fracasados bien educados. Solamente la constancia y la decisión lo consiguen todo."
                                                                                                                  Baltasar Gracián

Solo sé que no sé nada...

     "Solo sé que no sé nada y al saber que no sé nada algo sé porque sé que no sé nada".
                                                                                                        Sócrates


martes, 17 de mayo de 2016

Madurez temprana

Nací entre olivos y jaras
una mañana de agosto.
Madrugé en mi primer día,
primero entre muchos otros.
Desde apañar aceitunas,
higos, piedras o carbón,
hasta rodar por los cerros,
si daba algún resbalón.
Desde la escuela hasta el campo
entre letras y olivares
se desarrolló mi vida;
de mi historia forma parte.
Conocí esa realidad
y la palpé desde niña,
cada juguete comprado
lo traducía en olivas.
Cuántos kilos vale este,
cuántos otros, aquel libro
así aprendí el valor
del lápiz con el que escribo.
Nunca se valora algo
si sudor no te costó
cuando el trabajo es de otros
todo cambia de valor.
La vida no es todo risas
pues tiene tiempos amargos,
el pan no brota del aire
y es muy bueno recordarlo.
Mientras más tarde lo aprendas
más sufrirás de mayor
el tiempo te dará cuenta
si viviste en un error.
La ignorancia es atrevida
mejor gastar y vivir
que para el día de mañana
quién sabe si estaré aquí.
Ay, de ti si es lo que piensas
y si mañana, sí estás
igual por alguna esquina
pidiendo te encontrarás.

Leonor Cuevas Martín

El valor de una sonrisa

                                                                     
¿Cuánto cuesta una sonrisa?,
¿quién se atreve a valorarla?
Una cosa, que en la vida,
nadie podemos comprarla.
Muchos son los ricos tristes,
muchos pobres la regalan,
muchos pagarían por una
y no pueden alcanzarla.
Contagiosa hasta el extremo,
da a cambio sin pedir nada.
Todos, grandes y pequeños,
la acogen sin mediar palabra.
Es sencilla, sin adornos,
cuando esta sale del alma
activa todo tu cuerpo
y te ilumina la cara.
Si es falsa, no es mentirosa,
es incapaz de mentir,
cambia el tono a las palabras,
a la cara hace fruncir.
Muchos quisieran tenerla
por un segundo prestada.
No se vende ni se presta
y espera siempre callada.
No diferencia poderes
y a los afligidos llama
en el juego de unos niños,
en una agradable charla.
En lo pequeño y sencillo
ahí puedes encontrarla.
Su valor no es conocido,
no hay peritos de su talla.
Vale todo el oro junto
si tú sabes valorarla.
Si alguna vez la perdiste,
su valor será más alto.
Recuerda si un día dijiste
que reírse sí es barato.


Leonor Cuevas Martín

El cerebro y la epilepsia

Una chispa misteriosa
como una estrella fugaz
transforma mis pensamientos,
 hace real lo irreal.
El futuro es mi presente,
el presente dejo atrás,
lo real e imaginario
 sin límite que trazar.
Confusión, sueños, locura,
 ejes de una misma acción,
todos crecen en penumbra
 para ofuscar mi visión.
Si aquello que me persigue
donde quiera que me muevo
es real o imaginario
 o fruto del pensamiento,
si es difícil separar la realidad de los sueños,
¿cómo saber si dormimos
 o si soñamos despiertos?
Una chispa en mi cerebro
como fuego artificial
dispara las emociones
 sin que las pueda parar.
Acciones que sin sentido
 llenan de golpe mi vida,
un momento de mil instantes
 que me hacen sentir perdida.
Cómo encontrar la cordura
 cuando en un momento así
aunque mire alrededor
 no distingo quién soy yo.
Si estoy dormida o despierta,
 aunque quisiera decir
que soñé  en otro mundo

 sin saber que estoy aquí.


Leonor Cuevas Martín

La música

                                                                        
       La música es algo tan extraordinario que pasa desapercibido normalmente. No nos  damos cuenta de cuántos beneficios obtenemos de ella sin que nos pida nada a cambio y algunas personas permanecen ajenas a esta, sea cual sea el tipo de música, aunque, en el fondo, la música siempre consigue mover algo en nuestro interior.
Es uno de los medios que hacen que el cerebro de los humanos se desarrolle mejor desde el vientre de la madre, por eso los médicos aconsejan escuchar música clásica a las embarazadas y a los bebés. Es la causante de que nuestra mente viaje en el tiempo a lugares diversos que nos evocan determinadas canciones y, con ello, se despierten en nosotros recuerdos que, de otro modo, no hubieran vuelto a nuestra mente. Eso produce cambios emocionales importantes en nuestro ser y, así, la música puede ponernos tristes y hacernos llorar, pero también es la causante de  muchas de nuestras alegrías y de nuestros buenos momentos.  

     Cada suceso de nuestra vida está ligado, de alguna manera, con alguna canción o melodía que, en un momento lejano, será la causante de que aflore en nuestra mente su recuerdo. Y eso tiene el poder de cambiar nuestros sentimientos en un segundo. Tiene tanto poder como la vida o la muerte. Las tres cosas cambian todo en un segundo.


Leonor Cuevas Martín

¿Seguiríamos vivos si no hubieran inventado facebook? Leonor Cuevas Martín

     
Hace treinta años, cuando era niña, me sorprendía de muchas de las cosas de las que me sigo sorprendiendo. He mantenido la capacidad de sorprenderme de lo que observo con la misma facilidad que lo hacía cuando era muy niña. Sin embargo, la situación ha cambiado a paso de vértigo y cuando, ahora, me encuentro en una situación determinada me acuerdo de cómo hubiera sido lo mismo hace treinta años.
     Ante un atardecer rosado, cuando el sol se va escondiendo y el cielo parece arder, a la vez que las nubes dispersas y con distintas formas se mezclan con el sol y la estampa que muestran es digna de enmarcar, mi primera reacción es de admiración, lo cual expreso con algún que otro grito de sorpresa y me dan ganas de echarle una foto e inmortalizar ese momento. Esto era muy distinto hace treinta años,  cuando me hubiera gustado echar una foto en mi cámara pequeña, que echaba las fotografías cuadradas (no conocí otra de ese modelo, más que la de mi madre), la cual estaba guardada en casa, seguramente con más fotografías sin revelar dentro de su carrete de veinticuatro fotos, en el  que reservábamos cada una de las restantes hasta acabar el carrete, para ocasiones especiales. Esta ocasión, con total seguridad, no merecería gastar una foto a los ojos de nadie de la familia ni de muchas familias de aquella época. Así que como resultado, mis ganas se guardaban en un rinconcito de mi corazón, me quedaba con la imagen en la cabeza y a otra cosa: sin frustraciones ni consecuencias extremas. Ahora, ante la misma imagen del cielo, puedo sacar mi móvil (si lo llevo, pues aún sigo dejándolo en casa en numerosas ocasiones, o llevo uno pequeño que no tiene cámara pero que era el deseado hace unos años: pequeño y útil, simplemente, aunque no haga fotos). Si llevas el móvil, en un caso así, la mayoría de las personas incluso los niños, no se conforman con hacer una foto, como hago yo, sino que ya puestos, la comparten en facebook, la envían por whatsapp y, al momento, un montón de gente de todos los rincones del planeta conocen que esa tarde en su zona hay un atardecer precioso del que muchos de los que lo vean por internet no podrán disfrutar en directo en ese momento, porque  puede que estén muy lejos.
     Y lo que es más grave de este tema, lo cual me sorprende, es que los padres de niños de ahora, que vivieron mis tiempos de niñez, puedan llegar a considerar que si sus hijos no disponen de esa inmediatez a su antojo, puedan sentirse inferiores o frustrados. ¿Acaso, no pasaron ellos por situaciones parecidas y están vivos? Creo que el tener que controlar los impulsos y tener que racionalizar las necesidades nos hace menos vulnerables de cara al futuro, más fuertes, con más recursos para afrontar las distintas situaciones de la vida.
     ¿No seguiríamos vivos si no se hubiera inventado facebook?

Leonor Cuevas Martín



Un odio obligado

                                                         


Eran las ocho de la mañana cuando el canto de un gallo hizo que Joaquín despertara de aquel terrible sueño que, por desgracia, tenía con cierta frecuencia.     
    −¡Ufff…! –exclamó aliviado a la vez que el corazón hacía vibrar su pijama de franela y se estiraba haciéndose el remolón antes de levantarse.
            Joaquín, hombre educado, sereno y tierno, es una de esas personas supervivientes de la Guerra Civil Española, que a sus ochenta y cinco años vive en soledad en un pueblecito de la provincia de Córdoba. Desde que falleciera su mujer hace una década, las pesadillas se han hecho su compañera de colchón, aunque nunca haya podido apartar de su mente aquellos malditos momentos en los que se encontraba entre la vida y la muerte, esquivando las balas que le pasaban rozando mientras se le congelaban los pies por el frío de la sierra y mientras él se veía obligado a disparar también, a pesar de que matar a otra persona, fuera de la ideología que fuera, pensara como pensara… no formaba parte de su moral y cada vez que apretaba el gatillo un trocito de su corazón se esquebrajaba. Así, pasó  casi tres años pues fue uno de los elegidos para combatir, a su pesar, y por mala suerte lo llamaron a filas a principio de la contienda.
            A pesar de su edad, su estado físico es  inmejorable pues todavía va a diario al campo a cuidar unas gallinas que tiene y pasea por la sierra, lo cual hace que se mantenga en forma. Nunca quiso tener coche y siempre ha vivido del trabajo en el campo, lo cual le proporcionaba los ingresos suficientes, aunque no muy abundantes, para que él y su mujer fueran felices durante su matrimonio.
No tuvieron hijos pero sus caracteres afables hacían que su casa siempre estuviera abierta a los niños del barrio y conocidos que encontraban  a la luz de su lumbre un sinfín de historias entrañables que los dejaba boquiabiertos y el cariño y comida que muchos no tenían en sus hogares.
            Ahora se encuentra muy solo, echa mucho de menos a su mujer y los recuerdos llenan continuamente su cabeza. ¡Cuánto se querían y qué felices fueron!, ¡cómo recuerda a todos aquellos niños que hoy son abuelos y bisabuelos!, ¡qué tiempos tan duros les tocó vivir!... Cada rincón de su casa, cada salto en el camino, cada roca en el campo o cada árbol, puede llegar a guardar tantos secretos que retumban en su mente a cada momento…
            Ayer, tras levantarse, desayunar y asearse, tomó la alforja, que solía usar, con la comida que había preparado la noche anterior, y comenzó su paseo hacia el campo. Al salir del pueblo saludó a un vecino con un simple adiós, cosa muy rara en él que siempre solía charlar con la gente o al menos cruzar algunas palabras más, aunque fuera hablar del pronóstico meteorológico. Un simple “adiós” seco y tajante bastó para que esa misma noche tuviera de nuevo una de esas pesadillas que le amargaban las noches. Y es que Joaquín sobrevivió a la guerra por pura casualidad, suerte o milagro, pues en realidad lo dieron por muerto en uno de esos “paseos” que hacían los militares de un bando con los del otro y lo llevaron al cementerio. Allí, los pusieron a todos en fila contra la tapia y allí, enfrente de él, estaba Mauricio, vecino del pueblo con el que había cruzado pocas palabras y nunca habían tenido ningún motivo que, a su juicio, pudiera haber causado odio para que fuera él quien le apuntara con su arma para matarlo a la vez que Joaquín observó en su rostro una mirada vengativa a la que nunca encontró explicación. Sin embargo, el tiro de Mauricio falló y Joaquín se hizo el muerto hasta que los camiones marcharon dejando atrás un desolador escenario lleno de cadáveres  de entre los cuales solo Mauricio pudo salir corriendo, ya que la bala sólo le había rozado la axila y él supo interpretar muy bien su caída al suelo  al estilo de un actor profesional, lo cual le salvó la vida. Ascendió por la tapia del cementerio y como pudo se dirigió a su casa donde se refugió en una habitación, que escondieron tras un armario, en la cual permaneció hasta que terminó la guerra y su vida no corría peligro si salía a la calle, porque por suerte para él y sin que tuviera inclinación política, había luchado en el bando nacional y eso le permitió salir pronto de su escondite. Sin embargo, nunca pudo olvidar aquel momento, entre tantos otros, y por eso ayer cuando se cruzó por el camino con Mauricio, volvió a recordar aquel rostro cuyos ojos brillaban en la oscuridad y mostraban ansia de venganza. Un rostro muy distinto del que ayer le respondió con otro “adiós” de igual calado. Él nunca había vuelto a hablar con Mauricio, pues ambos sabían lo que aquella noche sucedió en el cementerio, a pesar de que  Mauricio nunca llegó a explicarse cómo Joaquín apareció vivo al poco tiempo, cuando él  estaba seguro de haberlo matado.
            Joaquín, aunque nunca pudo olvidarlo, y de hecho, solo verlo le ocasionaba pesadillas, le había perdonado porque sabía que Mauricio también había ido a aquella maldita guerra obligado, eso sí, por otras circunstancias, al bando contrario al de Joaquín. Pudieron ser compañeros de bando pero el destino les llevó a considerarse enemigos. Enemigos que debían, aunque no quisieran, odiarse a muerte. Enemigo, al que simplemente por estar en la trinchera de enfrente, tenías que disparar a matar como si de una caseta del tiro pichón se tratase, porque en la guerra los soldados no eran más que piezas de un ajedrez a las que había que ir eliminando para que alguna de las dos partes ganara la partida.
            Debe ser muy difícil  asimilar que te obliguen a jugar una partida semejante sin que tú tengas el más mínimo interés en participar en ella y sin que te importe lo más mínimo quién sea el ganador, a la vez que te obligan a romper con tus principios más puros, lo cual llega al extremo de tener que quitar la vida a alguien para salvar la tuya.
            Joaquín, entre tantas historias que contaba a “sus niños”, como él los llamaba, estaba siempre ésta, de su propia experiencia, aunque nunca delatara el nombre de la persona que intentó quitarle la vida. Y aquellos niños aprendieron de Joaquín lecciones bien distintas de las que ahora se enseñan en el colegio, al cual ellos no pudieron asistir por la época en la que les tocó vivir, pero que deberían ser lecciones de obligado estudio porque, a pesar de que nadie escarmienta por cabeza ajena, confío en que las personas tenemos cierta fibra sensible que si desde pequeño se toca con suavidad, cuidado y destreza, puede hacer que esa persona de mayor tenga las virtudes que tiene Joaquín, y que muchos de “sus niños” heredaron.
            Hoy se ha dirigido bien temprano hacia el campo y una vez allí, se ha sentado en la candela a recordar todos los buenos momentos que entre muchos malos le ha proporcionado la vida. Por supuesto, gran parte de ellos los pasó junto a su esposa, Federica, y otros muchos rodeado de tanta gente a la que ha conocido a lo largo de su larga historia. Hoy, ha vuelto a hacer balance de su vida, como muchas otras veces y el resultado ha sido positivo, aunque le hubiera gustado que la etapa fatídica de la Guerra Civil no hubiera existido, ni todo el horror que aquel enfrentamiento entre hermanos supuso para toda España.


            Entre sus recuerdos, se balancea siempre una petición que hace a  Dios, y es la siguiente: “Que nunca los problemas en la sociedad en que vivimos  se enquisten tanto que den lugar al odio, la guerra y la muerte entre los caminantes que somos todos, en este largo camino al que llamamos VIDA”.

Leonor Cuevas Martín

domingo, 15 de mayo de 2016

La playa negra

                                             
Los cantos de las olas me acercan cada noche
al silencio que oculto cada día en mi ser
noche a noche revivo mis eternos reproches
cuando miro a mi lado y no te puedo ver.
Si las olas un día me acercaran tu aliento
y al mirar a la luna yo viera tu reflejo
no podría sentirme más dichosa siquiera
que si en solo un segundo tu sonrisa me dieras.
Te marchaste una noche entre ríos de penas
cuando el viento envolvía nuestro cielo apagado
nunca más en mi vida volarían las tinieblas
no he dormido un segundo sin poder olvidarlo.
Cada día despierto pronunciando tu nombre
cada vez me sorprendo  del recuerdo que esconde
cada noche regreso a esa playa que un día
negra se hizo a mis ojos aunque vaya de día.

Leonor Cuevas Martín

Mucho y poco (cita) Leonor Cuevas Martín

  "Mucho es todo lo poco que te haga feliz y poco es todo lo mucho que te haga infeliz".
                                                                 Leonor Cuevas Martín

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